viernes, 13 de febrero de 2015

Bloguera por un año



 

Hoy mi blog cumple un año y estoy un poco emocionada. Un año ya de divagaciones y tonterías varias. Es una fecha bastante señalada para tomar un poco de aire y recapitular sobre lo que ha estado pasando por aquí.

Empecé a escribir este blog animada por Pedro porque sentía con mucho pesar que mi lengua se estaba perdiendo entre los vericuetos de la tesis doctoral. Siempre me ha gustado escribir pero hacía mucho que me limitaba a utilizar el enrevesado lenguaje que es propio de los textos académicos y que, aquí entre nosotros, es terrible. Casi llegué a pensar que se me había olvidado utilizar el castellano corriente. Y como entre mis objetivos vitales está el de ser la autora de la próxima gran novela americana, además de la nacionalidad estadounidense, necesitaba recuperar la escritura. Eso es precisamente lo que he tratado de hacer en este espacio durante el último año, con mayor o menor fortuna. Aunque curiosamente, la entrada más popular que he escrito y con diferencia es Maternidad Política, en la que rescato parte de ese toque academicista que me acompaña normalmente. Esto ha sido toda una sorpresa.

Por el camino además han pasado otras muchas cosas. He utilizado el blog para desahogar mis penas maternales, que no son pocas. Los sueños de Mopito, sus cambios de humor y sus logros han estado así presentes en este rincón. También me he servido de él para salvar un poco las distancias kilométricas que han impuesto las estancias de investigación entre nosotros y los seres queridos, y para recordar estos momentos que luego sé que echaremos de menos. Finalmente, de rebote, he conocido un montón de gente estupenda que, no sé muy bien porqué, se han interesado por nosotros.

Tengo que reconocer que muchas veces me ha dado cierto apuro contar las cosas que cuento. Ya sé que no son nada del otro mundo, que no he revelado ningún oscuro secreto, pero aún así a veces me encuentro moñas, otras quejica y otras simplemente aburrida.  Pero supongo que este rubor que me produce compartir mis pequeñas historias en público forma parte de la experiencia. Y siempre hay entradas de las que me he sentido muy orgullosa, como ésta. Al releerla me resulta inevitable recordar con mucho cariño nuestra estancia en Londres y nuestra vida en el barrio de Wood Green.

De momento no tengo grandes aspiraciones con este blog, que ha sido y seguirá siendo muy personal. Quizás algún día trate de convertirlo en algo más profesional, pero no por ahora.  Me gustaría arreglar el diseño, que necesita un buen lavado de cara, pero cada vez que lo he intentado he gastado un tiempo precioso que no tengo y los resultados tampoco han sido como para tirar cohetes. Será otra cosa para después de la tesis. En cambio, he cuidado al máximo el contenido de las entradas, y aunque la temática sea un tanto dispersa, he pulido muchísimo la redacción y el ritmo de cada una de las publicaciones, que trato siempre de sintetizar todo lo posible para facilitar su digestión. Casi todas las imágenes, excepto en casos puntuales que he procurado señalar, son obra mía (o de Pedro, que no pocas veces ha reclamado la autoría, así que dejo constancia). Y sí, son un poco de andar por casa, pero por lo menos son originales, y además intento que sean mínimamente decentes, lo que está convirtiéndose en un ejercicio fantástico para hacerme entender un poco mejor esta cosa misteriosa que es la fotografía. Todo ello, claro, es trabajo. Y tiempo, que es de lo que más necesitada ando.

En datos, los resultados de todo esto han sido bastante modestos: 40 entradas, 506 comentarios, 10.879 visitas y un público repartido principalmente por España (6.646 visitas), Estados Unidos (1.078 visitas) y Reino Unido (909 visitas). Todos los datos son de Blogger, porque Google Analytics es otra de esas cosas que se me resiste. Son cifras pequeñas, pero teniendo en cuenta que no tengo ni idea de SEO, que escribo una entrada según me sopla el aire y que muchas veces se me olvida promocionar los post en las redes sociales, no me puedo quejar. El SEO queda también pendiente para cuando me doctore.

Por cierto que hablando de redes sociales, éste ha sido otro de los grandes cambios que el blog ha introducido en mi vida. Por poneros en antecedentes, tardé varios años más de la cuenta en hacerme una cuenta de Facebook porque lo consideraba un invento del demonio. Hasta el 2014 no he tenido Whatsapp. Twitter me parecía algo muy loco y postmoderno. Instagram un sitio para colgar fotos de morritos y comida. Y Pinterest un álbum lleno de imágenes cuquis sin ningún sentido. Bueno pues ahora Instagram me encanta, encuentro que Pinterest es la mar de útil para hacer listas y Twitter... Bueno Twitter sigue pareciéndome algo muy loco y postmoderno.

Mi situación personal ha variado poco en este último año. Sigo en paro y sigo haciendo la tesis. En breve se pondrá un poco más emocionante porque Pedro se quedará en paro también y a ambos se nos acaba el plazo para entregar la tesis. Chan, chan, chan, chan. Así que si no os queréis perder el desenlace, si queréis saber si conseguimos doctorarnos y enderezar nuestra situación laboral, tendréis que seguir con nosotros algunos meses más. Pero no os preocupéis demasiado, porque como ya os conté, pronto nos va a tocar la lotería.

Mientras tanto quería haceros una propuesta. Me doy cuenta de que aún no he contado aquí ninguna de esas grandes experiencias vitales que los blogueros somos tan dados a describir con pelos y señales: una boda, un nacimiento, un romance. Así que os propongo que me ayudéis a decidir cuál de los grandes momentos que enumero a continuación se convertirá en post. Los acompaño de algunas palabras clave que espero os ayuden a tomar una decisión:

  • Mi boda. Un chino, un jersey navideño y una New York cheesecake.
  • Mi primera cita con Pedro. Melendi, Malasaña y un me voy que tengo prisa.
  • Cuando me enteré de que estaba embarazada. Seis test de embarazo, irlandeses borrachos y un vuelo transcontinental.

Y para darle un poco de emoción al asunto y aprovechando esta fecha tan señalada, voy a sortear entre todos los que queráis apuntaros el libro de Oliver Jeffers El increíble niño comelibros, que nosotros ya tenemos en casa y que es perfecto para explicar a nuestros pequeños devora-libros por qué no hay que tomarse tan literalmente esta expresión.



¿Qué tenéis que hacer para participar? Muy sencillo. Paso 1: Seguir a Sin Chupete en Facebook. Paso 2: Dejar un comentario en esta entrada del blog o en mi página de Facebook diciendo que queréis participar en el #SorteoComeLibros y, si queréis, votar por una de estas tres grandes experiencias vitales (boda, primera cita o embarazo). Y añado un paso 3 opcional: si además compartís este post en Twitter o Facebook tendréis una participación extra por cada red social (por favor, no os olvidéis de poner en el comentario dónde lo habéis compartido y el nombre de vuestra cuenta para que pueda contabilizaros bien).

El plazo para apuntarse terminará el día 13 de marzo y el sorteo se realizará a través de la plataforma Sortea2 el día 17 de marzo, coincidiendo con mi cumpleaños. Anunciaré al ganador a través de Facebook y éste tendrá una semana para ponerse en contacto conmigo (también trataré de avisarle personalmente). Si no aparece, volveré a repetir el sorteo. El premio únicamente se envía a la España peninsular y a Baleares.
¡Gracias a todos por estar ahí y suerte a los que os animéis a participar!

miércoles, 11 de febrero de 2015

Tierra de coyotes




Cuando uno pasea por la Ciudad de Mexico quizás camine por un asfalto tan negro como el de cualquier otro lugar, pero podrá decir que se ha adentrado en el Bosque de Chapultepec, que ha pasado con el metro por las estaciones de Coyuya, Itzacalco o Apatlaco, que ha atravesado la calle de Iztaccihuatl o que se ha perdido en el famoso barrio de Coyoacán. Por cierto que Coyoacán, como todo el mundo sabe, significa tierra de coyotes. De éstos, por desgracia, no quedan más que dos ejemplares de bronce que adornan el centro de una de sus plazas más destacadas. Lo que sí hay y en abundancia, son ardillas. Ardillas negras. Atravesar los famosos viveros de Coyoacán puede ser una experiencia un tanto espeluznante si estos animalitos veloces y de grandes dientes os imponen el mismo respeto que a mí. Mopito, en cambio, en su creencia de que todos los animales son perros, estaba encantado.

Para que un día en Coyoacán salga redondo es necesario empezarlo con unos huevos rancheros. O con un buen plato de chilaquiles. Después será pan comido recorrer sus calles estrechas flanqueadas por casitas bajas y coloridas, resistir el asedio de los vendedores ambulantes, pararse a descansar en uno de los bancos del Jardín Centenario u orientarse dentro del mercado. Un poco más al norte, en una esquina de la calle Londres, se levanta esa preciosa casona azul que vio nacer y luego morir a Frida Kahlo. A escasas cuadras murió también su amigo León Trotski, asesinado por el héroe soviético Ramón Mercader. 

Uno puede ir pensando en estas cosas de vuelta a casa, de camino a la estación de metro más próxima, que queda bien lejos, mientras el niño dormita en el carro. O puede pensar otra vez en las ardillas negras y en que no tendrían muchas posibilidades en aquellos parajes si Coyoacán siguiera siendo tierra de coyotes.

martes, 3 de febrero de 2015

El güerito




Los martes por la mañana un mercado se despliega a lo largo de toda la calle. Hay frutas y verduras que conozco y que en esta parte de América recuperan su nombre familiar. El aguacate, el plátano. Aunque a otras casi no las reconozco por el nombre. Los chícharos, el elote. Otras me suenan, aunque en casa apenas las había visto. La guayaba, la papaya. Las que más, me topo con ellas por primera vez en mi vida. El tamarindo, la toronja, el zapote, el angú, la jícama, el chayote, el chilacayote. Y eso por no hablar de los chiles. Habanero, serrano, poblano, cuaresmeño (también conocido como jalapeño), de árbol verde, manzano. Una mujer me explica despacio el nombre de cada uno de ellos. 


En cada puestecito me regalan algo para el güerito. Un plátano maduro. Un poco de mango bien dulce. Un trocito de durazno que una señora asegura que al güerito le va a gustar. Pero al güerito no le gusta el durazno. Él sólo tiene ojos para las fresas, que descansan en los alto de la bolsa y que quiere alcanzar a toda costa. Parece mentira que con tanta variedad y tanto sabor el güerito siga empeñado en los frutos rojos.


Más tarde el güerito y yo vamos al supermercado. Lo que más me impresiona es el pasillo central, ocupado todo a lo largo por bolsas de frijoles de distintas variedades, dispuestas una detrás de otra. Sólo frijoles. Los garbanzos, las lentejas y el resto de las legumbres están en otro pasillo. Un poco más allá, en otra estantería se acumulan también los botes de frijoles cocinados. Me vuelvo un poco loca. 


El güerito se ha quedado dormido. Cuando se despierta volvemos a casa y Pedro nos trae unas tortas de pollo y chorizo, con mole, aguacate, tomate y chile (que creo identificar como serrano). El güerito tiene unas patatas guisadas pero no las quiere. Nos pide con insistencia un poco de torta. Le ofrecemos y nos vuelve a pedir. Se chupa los dedos. Qué feliz va a ser el güerito en este país de frutas, frijoles y chiles.