viernes, 31 de octubre de 2014

Adiós Buenos Aires




La semana pasada llegamos a 35° con más de un cincuenta por ciento de humedad. A medida que las temperaturas subían la casa se llenaba de insectos a cual más extraño. Y Mopito iba perdiendo prendas de ropa por el camino hasta quedarse en pañales. Ese cabreo estructural que le había acompañado durante un par de semanas y que me tenía perpleja, se fue igual que vino y ahora vuelve a derrochar salero y simpatía por los cuatro costados. ¿Qué ha pasado entre medias? Un gripazo y unas fiebres. Muchos de nuestros “noes” transmutados en “síes”. Y el movimiento, que ha llegado todo de golpe y sin preaviso: de pronto se sienta solo, se pone de pie solo, se mantiene erguido unos segundos sin sujeción, da algún pasito de la mano e incluso gatea, eso sí, con un gateo free style que recuerda un tanto a ese ser de la Tierra Media llamado Gollum.

Seguiremos recordando Buenos Aires toda la vida. Aquí dio Mopito sus primeros pasos, aprendió a decir “hola” y “adiós”, comenzó a saludar con la mano, se aficionó a los aviones y a los libros, se tiró en picado de su trona, lo que le llevó a su vez a visitar urgencias por primera vez en su vida, empezó a dormir del tirón por las noches y terminó por completo de enmadrarse. Así es, queridos amigos y familiares, que sepáis que Mopito regresa a casa con un ataque de mamitis aguda que no tengo ni pajolera idea de cómo va a evolucionar, así que os pido mucha paciencia y mucha comprensión.

En cuanto a las tesis doctorales, están mejor, gracias. Como hecho notable diré que en Buenos Aires he vuelto otra vez al ruedo académico dando una charleta, algo que no hacía desde hace mucho tiempo. Lo fundamental de estas experiencias son siempre las cosas que se aprenden y yo de mi estelar regreso saqué una lección vital muy importante que no quisiera olvidar: cuando me vaya de bolos con un bebé a cuestas no se me puede olvidar nunca, nunca llevar una muda de ropa para mí.

Octubre está llegando a su final y con él nuestra estancia. Toca volver. Volver con nuestra lavadora, nuestro lavavajillas, nuestra perrita. Volver a contemplar las montañas desde el salón de casa. Volver a olvidarse del verdadero significado de la inflación. Volver a un lugar en el que ya no se dirigirán a mí como "flaca" o "boluda". Volver a aprender los nombres de las frutas y llamar aguacate a la palta, melocotón al durazno y fresa a la frutilla. Volvemos pero no por mucho tiempo. Lo justo para celebrar el primer cumpleaños del polluelo por todo lo alto y pasar unas navidades tranquilas y en familia. Y después otro viaje transatlántico.


miércoles, 22 de octubre de 2014

De zombies y otras imágenes de la maternidad




Hace mucho, mucho tiempo, cuando mi amiga Rosana estaba embarazada, me contó de otra amiga suya que había escrito su tesis doctoral mientras balanceaba con el pie el moisés en el que descansaba su hijo. Esta imagen idílica se coló en mi cabeza con mucha fuerza, y cuando me quedé yo embarazada se convirtió en la Imagen. Estaba claro: mi maternidad y mi doctorado irían por ese camino. Entre aquella conversación y mi embarazo, mi amiga Rosana tuvo a su propio bebé, lo crió, se hizo varias estancias de investigación y dejó enfilada su tesis doctoral. Supongo que no tardaría mucho en darse cuenta de que aquello que imaginábamos no tenía ningún sentido. De hecho, ahora que lo pienso, recuerdo a mi amiga Rosana advirtiéndomelo. También la recuerdo cansada, estresada, corriendo de aquí para allá y algunas veces incluso desesperada. Pero daba igual porque a mí se me había quedado grabada a fuego la escena del moisés y todo lo demás resultaba anecdótico.

El otro día viendo el capítulo de una serie en la que los protagonistas habían tenido un bebé, me di cuenta de cómo el cine y la televisión contribuyen a esta idea falsa que nos hacemos de la maternidad. Los problemas que tenían para concebir habían hecho que el niño tuviera mucha más importancia narrativa antes que después del parto. Pese a todo, la primera temporada de la serie acaba con la madre feliz abrazando a su hijo recién nacido. Bien, pues en la segunda temporada el bebé sólo aparece de vez en cuando, sentado oportunamente en un columpio que se balancea o llorando durante unos breves segundos desde la cuna. Pero por lo demás los protagonistas siguen tan tranquilamente con sus vidas, con sus trabajos e incluso con sus escarceos matrimoniales (¿quién tendrá tiempo para eso en la vida real?).

Incluso en una famosa serie de zombies los protagonistas, inmersos en las vicisitudes que impone la supervivencia en un mundo apocalíptico, van matando zombies por la vida acompañados de una preciosa bebé, que siempre está limpia, bien comida, bien dormida y hasta bien conjuntada, y que apenas llora a pesar de andar todo el rato a la intemperie y de haberse pasado toda una temporada separada de su padre (su madre murió en el parto y luego se la comió un zombie, pero eso es otra historia).

Pues bien, ahí va una advertencia para los que aún no sois padres: no os dejéis engañar, los bebés no son así. Cuando aparecen, se convierten en la trama principal: todas las demás quedan supeditadas. El llanto de un bebé no es música ambiental: es más bien como una ópera que lo inunda todo. Los bebés no se pasan la mayor parte de su tiempo tranquilamente columpiados en una sillita o plácidamente tumbados en una cuna. Los bebés reclaman atención constante, son cansados, son estresantes e invaden física y mentalmente todo tu tiempo. Eso no quiere decir que no se puedan hacer otras cosas, incluida una tesis doctoral. Pero no de la forma tranquila y armoniosa que generalmente tenemos en mente, sino a base de esfuerzo, de luchar contra el agotamiento y con muchísima organización.

Aunque hay una cosa que sí que es cierta: después de parir una se siente como si se la hubiera comido un zombie.

martes, 14 de octubre de 2014

Se vende




Mopito está enfadado. Lleva así ya un par de semanas. ¿Serán las muelas? ¿Le dolerá la garganta? ¿Está desfogándose porque como no gatea necesita soltar la energía acumulada de alguna manera? ¿Pasará hambre? ¿Tendrá sueño? ¿Le habrá picado un bicho? ¿Qué hemos hecho mal? ¿Le faltarán mimos? ¿O acaso le consentimos demasiado? Y la que más me duele de todas ¿será  que ya no es feliz?

El señor Google me ha dado su opinión varias veces, en varios idiomas, cuando le he preguntado de mil maneras posibles qué es lo que le pasaba a Mopito: “bebé 11 meses berrinches”, “baby tantrums at 11 months”, “rabietas en bebé”, “bebés irritables”, “bebés enfadados”. La opinión generalizada es que no hay mucho que hacer. Paciencia. Paciencia infinita.

Así que en esas estamos. Derrochando paciencia. Y eso que los que me conocen saben bien que yo no he gastado demasiada de ésta a lo largo de mi vida. Pero, oigan, no hay nada como la maternidad para descubrir virtudes escondidas. En cualquier caso, espero que no sea verdad eso que dicen de que la paciencia tiene un límite, porque hoy he sentido que estaba rozando el mío. Nos queda sólo un asalto en este lado del mundo y tengo que hacer unas fotos a la cuna y a otros enseres de bebé que adquirimos en su día al llegar a Buenos Aires para ponerlos a la venta y recuperar algo del dinero invertido. Pensando en ello, no he podido evitar que se me pasara fugazmente por la cabeza la idea de incluir a Mopito en la foto como reclamo y hacer un precio especial por el lote completo. Está claro que este pensamiento nunca debía haber salido de mi cabeza. Pero no he podido evitar compartirlo con Pedro. Y no le ha parecido mal del todo.

En fin, si conocen a alguien en Buenos Aires que necesite una cuna de viaje y alguna otra cosa, ya lo saben: SE VENDE.

lunes, 6 de octubre de 2014

Mi yo y mi otro yo


Rincón de la preciosa casa de Ricardo Rojas, a la que llegué una mañana por casualidad paseando con Mopito

Cuando me despierto por las mañanas lo hago convertida en maruja. Mopito se revuelve a mi lado y se engancha a la teta. No hay forma de despegarlo, pero no me importa: esa es mi coartada para quedarme remoloneando. Luego se despierta, nos damos besitos y nos hacemos carantoñas. Nos levantamos, le cambio el pañal, preparo el desayuno. En la mesa Mopito se debate entre engullir su tostada o lanzar pedacitos de pan por todo el suelo. Luego jugamos, barro un poco, friego los platos.

Salimos a pasear. Lo cargo en la mochila y vamos al parque o simplemente caminamos para que le dé un poco el sol y pueda hacer la fotosíntesis. Algunas veces encuentro un sitio bonito y entro a mirar. Una librería, un café, un museo, la casa de Ricardo Rojas. A última hora vamos a por los recados. Mopito se duerme, si no se ha dormido antes.

Durante la comida se me van cayendo los rulos uno a uno y para el postre ya no me queda casi ninguno. Se han trasladado todos a la cabeza de Pedro. Entonces empieza su transformación. Cuando terminamos de comer, le paso la bata de guatiné y él se lleva al niño al baño y lo limpia bien. Friega los platos, me prepara un café, duerme a Mopito.

Con mi café en la mano me pongo a trabajar. Me siento delante del ordenador y tecla arriba, tecla abajo me convierto en otra cosa. Con mis gafas de historiadora, el tiempo transcurre lento y tedioso. Mientras escucho jugar y reír a mis chicos, pienso en esos tontos que creen hacer cosas muy importantes desde un despacho y me doy cuenta de que también soy uno de ellos. Puedo tratar de engañarme, pero no hay color: eso que soy por las tardes es diez mil veces peor que lo que soy por las mañanas. No veo el momento de volver a calzarme la bata, las pantuflas y los rulos.