miércoles, 27 de agosto de 2014

El día después



El día después de la primera noche que conseguí dormir ocho horas del tirón en más de un año salí de casa con muchísima energía camino de la biblioteca. Nada más poner un pie en la calle recordé que en la Argentina no había monedas. Eso es algo que sabe todo el mundo. No tendría por qué suponer ningún problema de no ser porque nuestra lavadora se pone en marcha introduciendo seis pesos por una ranura. En monedas, claro. Y Mopito y su intensa exploración culinaria no nos dan respiro con las coladas.

Así que me desvié por la Avenida de Santa Fé en busca de monedas. Entré en el primer banco que encontré, fui a la caja y pedí que me cambiaran trescientos pesos. La cajera se rió a carcajadas. ¿Acaso no me había enterado de que la banca no emitía monedas? Me ofreció cambio de veinte. Tomé los veinte y me fui derechita al siguiente banco. En la caja pregunté cuántos pesos me cambiaban.  Veinte otra vez. En fin, de momento tendría que servir.

Salí del banco y recordé que Pedro necesitaba un pijama y decía que no sabía dónde encontrarlo. Yo lo encontré sin problemas en una lencería. Ya se había hecho un poco tarde y pensé que sería una buena idea sentarse a trabajar en una cafetería en lugar de ir a la biblioteca. Torcí en Pueyrredón en busca del café perfecto. Me crucé con un chico que paseaba a su cerdo con correa. Antes de sacar ideas precipitadas de los bonaerenses, se me vino a la mente aquella vez en el metro de Madrid en la que un señor se empeñó en que acariciara a la rata que llevaba en uno de sus hombros.

Seguí caminando y no encontré ninguna cafetería que me sirviera. No tenían enchufes, eran ruidosas, eran pequeñas. Y de pronto me di cuenta de que estaba otra vez en la Avenida de Santa Fé. ¿Cómo era posible que me hubiera perdido en la cuadrícula que es Buenos Aires? Al fondo divisé una pequeña panadería escondida en una plaza. Las medialunas expuestas en el mostrador exhalaban vapor y despedían un aroma a mantequilla que lo inundaba todo. No pude resistirme a las facturitas recién horneadas y salí de allí con un paquete bajo el brazo.

Di la vuelta a la esquina y comprobé que había llegado otra vez hasta la puerta de casa. Ya era tarde y tenía ganas de enseñarle a Pedro mis adquisiciones. La biblioteca tendría que esperar hasta el día siguiente. Aunque era mejor no contar con que Mopito volviera a dejarme dormir de un tirón.


miércoles, 13 de agosto de 2014

En la Ciudad de los Muertos




Los gatos enormes y peludos se despliegan por los tejados y nos dan la bienvenida a su reino en la Ciudad de los Muertos. Vigilantes, aparecen y desaparecen entre las lápidas, se deslizan entre los sepulcros, se ovillan entre los huesos. Conocen cada centímetro del terreno y no se amedrantan ante los visitantes. ¿Qué comerán para estar tan gordos?

Un regimiento de estos gatos grandes y sucios custodia un mausoleo escondido en el corazón del laberinto de tumbas. Aquí es donde habita la vecina más ilustre del barrio de la Recoleta, doña Evita Duarte de Perón. No resulta sencillo dar con ella entre todas las mujeres que han establecido aquí su morada. La joven Liliana Crociati, que murió el mismo día que su perro. La desgraciada Rufina Cambaceres, que fue enterrada viva. La nieta de Napoleón. La fiel sirvienta Rita Dogan, que descansa tan cerca de sus amos.  Es difícil pedirle a Argentina que no llore por todas ellas.


Afuera de las tapias del cementerio la muerte lóbrega y felina parece perder su influjo. Los músicos tocan jazz y los viejos bailan al son de la música. Un mercadillo se despliega en espiral a lo largo de los jardines. En los puestos se agolpan coloridas artesanías y comerciantes que las muestran orgullosos. Al otro lado de la calle los camareros de La Biela cargan bandejas repletas de sandwiches de miga. Desde la ventana del vecino Restaurante Munich, Borges anota en su Moleskine todo lo que sucede. 


Y es que en Recoleta los muertos no pueden evitar escudriñar a los vivos

lunes, 4 de agosto de 2014

Home Sweet Home




Las paredes de la cocina del piso en el que viví mientras estuve en Milán chorreaban de grasa. La primera vez que estuvimos en Buenos Aires el propietario de la vivienda inventarió hasta la escobilla del baño. Como ya expliqué, en nuestra última visita a Londres nos alojamos en una casa tan vieja que la electricidad se recargaba introduciendo monedas en un contador junto a la entrada. Además el suelo estaba cubierto con una “moqueta mofeta” que olía a curry y la ventana de nuestra habitación ofrecía vistas portentosas a un basurero. Durante mi Erasmus en Roma no era raro que me levantara y tropezara con los cuerpos semi-inertes de unos cuantos estudiantes barbudos y resacosos llegados en tropel desde España. Pero la palma se la lleva sin duda nuestra estancia neoyorkina. La casa de New Jersey en la que teníamos reservada una habitación fue arrasada por el huracán Sandy. Es así que nuestros huesos dieron a parar in extremis a un apartamento en el corazón de Brooklyn habitado por un músico crápula y trotamundos que nos cedía su cama y un par de perchas y se trasladaba el mismo al sofá del salón. Sin armario, sin cajones y con uno de los cuartos de baño más sospechosos que jamás he visto. Después nos mudamos a la casa de nuestra amiga Lee en Park Slope y allí pasamos unas navidades especiales, pese a que la cama estaba rota y dormíamos inclinados unos 30˚ respecto a la horizontal. En aquel lugar fuimos felices y eso que el metro pasaba cada cinco minutos junto a nuestra ventana. Finalmente nos mudamos a Franklin Avenue, siempre dentro de Brooklyn, con una compañera de piso completamente loca que nos acusó de robarle el mando a distancia de la televisión, que escurría la fregona en el fregadero y que guardaba la escoba junto a la vajilla. Estando en esa casa, una mañana encontré una cucaracha pataleando bocarriba. Aunque fue allí también donde fabricamos a Mopito.


Se puede vivir feliz casi de cualquier manera. En una casa sucia, atestada de gente, vieja, polvorienta, con un propietario maniático, con compañeros de piso desquiciados, con la cama rota, con mucho ruido, con bichos, cucarachas y pelos de gato. Se puede vivir moderadamente feliz incluso con un tipo bohemio durmiendo en calzoncillos en el cuarto de estar.


En estos años moviéndonos de aquí para allá las alegrías se imponen a las penas. Aunque nuestra primera noche en Buenos Aires ha hecho tambalear esta relación. Mopito dormía desde hacía un rato cuando entramos en la habitación, que estaba cerrada completamente, y percibimos un olor a gas que nos revolvió el cuerpo. En seguida apagamos la estufa y ventilamos el cuarto, aunque nos quedamos muy asustados. Al día siguiente el técnico certificó que en la estufa del dormitorio había una pequeña fuga y que la instalación no estaba en condiciones.  El escape era pequeño y por eso no pasó nada grave. Pero el disgusto que nos llevamos no nos lo quita nadie. Fue imposible no plantearse qué hacemos nosotros a estas alturas de la vida vagabundeando por el mundo, con lo bien que se está en casita.


Mañana nos mudamos a otro piso. Pero esta noche pasaremos frío.