miércoles, 16 de julio de 2014

En el vagón de metro




Siempre me había fascinado la reverencia con la que se recibe a las embarazadas en los vagones de metro. Yo también quise en su momento ser objeto de ese trato privilegiado, así que me calcé un vestido de rayas de premamá muy ajustado que no ocultaba nada y me puse a pasear mi cuerpo preñado metro arriba y metro abajo esperando despertar una reacción en mis conciudadanos. En seguida me di cuenta de que la mayoría de la gente se parapetaba detrás de un libro o de un teléfono móvil para hacer como que no me veían. ­No es que yo tuviera una necesidad especial de ir sentada (aunque hacia el final del embarazo sí que lo agradecía), pero la falta de educación del personal me sacaba de mis casillas.

Después de un par de desengaños, me hice fuerte y decidí que a mí no iban a torearme así como así. Mi estrategia era sencilla. Entraba en un vagón, elegía una víctima de entre las que se sentaban en los asientos reservados y me dirigía hacia ella. Primero me gustaba darles la oportunidad de mostrarse voluntariosos y ofrecerme el sitio, así que me limitaba a sacudir mi barriga acusatoria en sus narices. Pero cuando certificaba que mis meneos no tenían el efecto esperado, les abordaba directamente haciéndoles notar su falta. Reconozco que fui creciéndome cada vez más. Me sentía un poco como la barriga justiciera

Un día en el que el metro se encontraba particularmente lleno, me subí muy decidida y fui directa hacia el primer asiento reservado que divisé. Allí estaba un veinteañero pegado a su móvil que fingía no reparar en mi persona. Me hervía la sangre al verlo allí tan lozano. “Perdona, ¿me dejarías sentarme?”, le pregunté mientras me acariciaba el bombo. Todas las miradas se volvieron hacia mí. El chico me observó con cara de pocos amigos. “Pues bueno, en fin, si te empeñas”, me contestó encogiéndose de hombros. Aquella respuesta hizo que me saliera humo por las orejas. Pero entonces Pedro me agarró fuerte por detrás y me susurró al oído: “¡Pero qué haces loca!”. El chico ya había comenzado a levantarse y entonces reparé en que se estaba ayudando de un par de muletas. ¡Llevaba una escayola en la pierna que le llegaba hasta más arriba de la rodilla! Balbuceé una disculpa rápida e intenté zafarme de todas esas miradas que aún seguían clavadas en mí, en esa chiflada barrigona, pero todo fue inútil: resultaba imposible hacerse pequeñita dentro de ese vestido de rayas que nada escondía. Menos mal que el metro de Madrid vuela.

15 comentarios:

  1. ¡Jajaja! Vaya puntería que tuviste. Yo me he llegado a subir con la bichilla en la mochila de porteo en un autobús de la universidad y hemos tenido que ir todo el trayecto de pie porque estaba a rebosar de estudiantes y a nadie le pasó por la cabeza cederme el asiento (ni a mí pedirlo, la verdad).

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    1. La gente es lo peor... Yo creo que no hay que cortarse, hay que pedir por esa boquita!

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  2. jajajajajaja La qué has liado, pollito! :-P La barrigona justiciera no tiene límites en su afán por hacerse respetar. ¡Ni con un inválido! ;-)

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    1. La verdad es que el pobre chico fue bastante majo, que estuvo más que dispuesto a cederme el sitio cuando lo que tenía que haber hecho es mandarme a la mierda.

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  3. jajajaja...vaya momentazo! aquí yo no conseguí que me cedieran mucho el asiento...y con niña en brazos...la que puede liar uno para no caerse...

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    1. Pufff, que mal rollo. Pues nada, para el próximo, cuando vayas con las dos nenas en brazos tendrás que sacar la barriga justiciera a pasear!

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  4. la barriga justiciera jajjaja
    pues no tenías que haberte hecho pequeñita, que es verdad que fue mala suerte, pero qué hicieron todos los de alrededor que no llevaban escayola, ¿eh? ¿se levantó alguno?

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    1. Pues la verdad es que no... Tuve que andar un poquito a lo largo del tren para encontrar a uno que me cediera el asiento. Pero claro la barriga justiciera había perdido todo el fuelle para afrontar aquel trayecto.

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  5. No sé si me ha gustado más lo de barriga justiciera o hacer levantar a un probre chico con muletas y no tener escapatoria. Cierto que no hace falta que sea un asiento reservado para que alguien te ceda el asiento, a mi de momento la mirada penetrantemente asesina no me ha fallado y siempre consigo asiento, como una diva hipster.

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    1. Ese es el espíritu, hay que sacar la barriga justiciera que llevamos dentro desde el principio porque si no uno no se come un rosco... Sólo hay que tener cuidado de no levantar a un lesionado

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  6. El día que conseguí que un señor a mi lado dejase de fumar sólo con mi mirada y tocándome la barriga me sentí muy poderosa, jeje.

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    1. Jajaja, no me extraña! Eso te tiene que dar un buen subidón!

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  7. Aaaaayyy, que no lo había leído que cosa más buena. Vengo derivada de Diana, de un post en Marujismo. Qué risa. Menuda cagada la de la barriga justiciera. Pero el resto de las veces hiciste muy bien intentando sacar ojos con el ombligo a la caza y captura de tu reservado asiento. ¡Qué crack eres!

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  8. Pero que suerte la tuya, por cierto que mala onda de las demás personas que no ceden el lugar. (también vengo por un post de Diana)

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