lunes, 5 de mayo de 2014

Bye, Bye Ana Frank




En un rincón olvidado de la British Library, frente a las taquillas, hay una estatua de Ana Frank que mira con desaprobación todo lo que hacemos los que por allí pasamos. Personalmente, me tiene frita. Para ella nunca son suficientes las horas que paso en la biblioteca. “¿Ya te vas?”, me pregunta socarrona cada vez que voy a recoger mis cosas. Y yo me paro a su lado y le cuento mi vida, le hablo de Mopito, trato de que entienda, de que sea comprensiva. Pero no hay manera, ella es de bronce. Y encima no hay forma de evitarla, porque siempre está ahí plantada, junto a las taquillas, tan adusta, mirándonos a todos con ese aire de superioridad.

En la British Library uno puede encontrarse al Sombrero Loco o a la Reina de Corazones, a Oliver Twist, a Hamlet o a Robinson Crusoe. Sin duda gente un poco rarita, todos personajes peculiares y algo desquiciados, algunos con fijaciones homicidas un tanto alarmantes. Pero la verdad, creo que hubiera preferido lidiar con cualquiera de ellos que con la inquisitiva Ana Frank.

El viernes me recibió con la misma cantinela de todos los días. “Llegas otra vez un poquito tarde”. Yo estaba muy abatida pensando que ese era ya mi último día. Tenía que dirimir si me compensaba revisar un último periódico en la hemeroteca o si era mejor consultar algunos libros de última hora. Además, no quería olvidarme de despedirme de ese bibliotecario tan amable que se había aprendido mi nombre. Así que, por una vez, las impertinencias de Ana Frank no me afectaron en lo más mínimo.



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