lunes, 21 de abril de 2014

Donde habitan los zorros


Cualquiera que haya pasado el tiempo suficiente en Londres sabe que la noche es de los borrachos y de los zorros. Y aunque en la neblina nocturna ambos puedan llegar a confundirse, en mi barrio sabemos bien donde habita cada cual.

A un lado de la estación de tren, en su flanco este, se levanta imponente un edificio de ladrillo marrón cuya construcción se remonta al año 1875. Este edificio alberga un pub que se ha convertido en la guarida de los amigos de la Guiness. Paseadores de perros, repartidores, estudiantes, comerciantes e inmigrantes de varias nacionalidades de la Europa mediterránea se agolpan en sus puertas aspirando desganados el humo de un cigarrillo y nos saludan al pasar con una sonrisa terca y melancólica. Cuando suena la campana, salen de allí a tropiezos y comienzan a dispersarse por las inmediaciones, llegando hasta Wood Green, Turnpike Lane e incluso Finsbury Park.

Al otro lado de la estación, subiendo una pequeña cuesta, uno no tarda en adentrarse en el bosque que crece a los pies del Alexandra Palace. Los domingos, al final del camino, los granjeros instalan allí sus puestos para vender con mucho entusiasmo leche, salchichas y huevos frescos, frutas y verduras de la huerta, dulces caseros, pan artesanal y pies recién hechos. En la linde del bosque, el graznido de los cuervos me produce siempre un escalofrío. Allí, al fondo, en el rincón más oscuro y perdido, se esconde la morada de un zorro. Cuando oscurece, sale a deambular en busca de basura. Los parroquianos del bar de la esquina le saludan taciturnos al pasar, igual que nos saludaron a nosotros. Se para junto a nuestro edificio y a través de nuestra ventana iluminada observa como preparamos a Mopito para acostar. Él sabe que en Terrick Road está nuestra madriguera.

sábado, 12 de abril de 2014

Mientras el niño duerme


Terminaré la tesis mientras el niño duerme. Los bebés duermen mucho, ¿no? Doce, catorce, dieciséis horas diarias y yo sólo necesito seis para poder dar carpetazo a esto en unos meses.

Mopito tiene los ojos como platos mientras el Padre Cholón se agita arriba y abajo en su danza aborigen de todas las noches. Imposible abandonarlo a su suerte y seguir durmiendo sin remordimientos, así que bailo con él. A ver quién escribe la tesis mañana.

Meter al churumbel en el cochecito y salir a pasear. En la primera curva ha caído. Nos ponemos a andar procurando seguir los caminos más difíciles, con más baches, con más hendiduras. Todo en vano. En la última curva antes de llegar a casa se despierta.

Mopito duerme en el regazo del Padre Cholón. Escribe la tesis ahora, me dice. Sí, pero primero una lavadora, luego las lentejas. Mopito se despierta y aún no me ha dado tiempo a ducharme. Quiere teta. Bueno, pues escribe tú ahora la tesis, le digo al Padre Cholón. Sí, me contesta, pero primero limpio el baño, luego voy a la compra.

Duérmete, duérmete mi bichito le canto, pese a que no estoy segura de que la letra sea así. Ayer intenté cantarle Duerme, duerme negrito, aunque Mopito sólo fue negro el primer minuto de su vida. Me gusta esa nana. Pero él se emocionó demasiado con la canción y ahora llora cada vez que la escucha.

Cuando volvamos a Madrid visitaremos a la pediatra y nos preguntará cómo duerme el niño. Y diremos, bien, bien, duerme de nueve a nueve, más o menos, con sus breves despertares. A veces duerme de nueve a diez. Por el día duerme unas dos o tres horas más, repartidas en dos o tres siestas. O sea unas doce, catorce, o dieciséis horas.